En 2020, cuando el mundo se detuvo durante la pandemia de COVID-19, muchos se quedaron sin apenas tiempo, atrapados en el caos de la supervivencia, la incertidumbre y la pérdida. Otros, como yo, tuvimos la fortuna no solo de seguir con vida, sino también de recibir el raro regalo del tiempo: una pausa forzada que abrió la puerta a la introspección y a la exploración interior. No sabría señalar con exactitud cómo surgió la idea de buscar mis raíces. Quizá fue la presencia constante de la muerte, que todos enfrentábamos a diario, lo que volvió mi mirada hacia atrás en lugar de hacia adelante.

De repente sentí curiosidad por los nombres, los lugares y las vidas que dieron forma a la mía. Todo empezó con lo básico: viejas fotos familiares, conversaciones con parientes y notas escritas en el teléfono. El proceso era lento y a veces confuso, pero también increíblemente gratificante. Le dedicaba tantas horas al día que mi esposa sospechaba que estaba perdiendo la cabeza. Y muy pronto empecé a desenterrar historias inesperadas y fascinantes que transformarían la comprensión de mi propia historia familiar.

Esos primeros pasos abrieron la puerta a siglos de documentos olvidados y, con el tiempo, me adentraron en el fascinante mundo de la genealogía genética. Lo que comenzó como una distracción tranquila durante un año extraño e incierto se convirtió en un viaje que aún continúa. Con mi formación en biología, sumergirme en el mundo del ADN fue como una prolongación natural de mi curiosidad, pues me dio las herramientas para explorar no solo de dónde venía, sino también cómo se entretejen los hilos de la historia, la genética y la identidad.

Descubrimientos cerca de casa

Sin que yo lo supiera, mi propio abuelo había servido en la Segunda Guerra Mundial. Eso solo ya me habría sorprendido, pero resultó que dos de sus hermanos también sirvieron, y ambos recibieron la medalla Corazón Púrpura por su valentía. Uno de ellos, Enrique Cisneros Cervantes, a quien todos llamaban el Tío Henry, había sido paracaidista en el 504.º Regimiento de Infantería Paracaidista de la 82.ª División Aerotransportada, que participó en varias batallas, y fue herido en dos de ellas. Un informe militar que encontré indicaba que una ametralladora le había atravesado el cuello de un disparo. No eran la clase de historias que jamás hubiera oído en la mesa familiar.

El soldado Enrique Cisneros Cervantes con uniforme de la Segunda Guerra Mundial junto a un cartel de la sala de orden de la Compañía E
La medalla Corazón Púrpura concedida a Enrique Cisneros Cervantes
El soldado Enrique Cisneros Cervantes, 504.º Regimiento de Infantería Paracaidista, y su medalla Corazón Púrpura

Hasta el día de hoy no sé si mi padre nunca lo mencionó con claridad o si yo estaba demasiado ocupado jugando al Nintendo en casa como para prestar atención. De vez en cuando hablaba del Tío Henry, pero nunca relacioné ese nombre con un paracaidista herido en la Segunda Guerra Mundial. Para mí era solo alguien a quien mi papá parecía tener cariño. Irónicamente, pasé parte de mi adolescencia jugando a videojuegos de la Segunda Guerra Mundial que recreaban las mismas batallas en las que él había combatido, sin tener la menor idea de que mi propia familia tenía un vínculo real con esa historia. Incluso vi Rescatando al soldado Ryan cuando se estrenó en 1998, el mismo año en que cumplí veinte, sin sospechar que tenía un pariente que había vivido una versión de lo que veía en la pantalla. En todo caso, resulta que estaba ignorando justo la clase de historia que Hollywood llevaría con gusto al cine.

Quizá nunca conocí esta historia familiar porque crecí lejos del resto de la familia Cisneros y tenía poco contacto con ellos. La mayoría vivía en el sur de California, en México o en Chicago. Yo me crié en Miami, el único Cisneros de mi rama disfrutando de la brisa del Atlántico, lejos del resto de la familia, cuyas historias se compartían en otros rincones del país y más allá. Y con raíces familiares en la Ciudad de México, jamás imaginé que mi historia familiar incluiría a héroes de guerra estadounidenses. Pero eso fue exactamente lo que encontré cuando empecé a indagar.

De las ramas a las coincidencias

A medida que mi árbol crecía con documentos e historias, sentí curiosidad por saber hasta dónde podía extender sus ramas. Me hice pruebas de ADN autosómico con Family Finder de FamilyTreeDNA y con varias otras empresas. Esos resultados me ayudaron a ensanchar el árbol. Descubrí primos lejanos, los contacté y, para mi sorpresa, muchos respondieron. Algunos tenían información valiosa que yo no poseía, entre ellos un primo que me contó que el apodo de mi abuelo era “El Casanova”, solo uno de los varios apodos disparatados que los hermanos parecían haber coleccionado. Eso probablemente explica por qué todavía tengo por ahí algunos tíos y tías sin localizar. Unos cuantos incluso compartieron fotos de antepasados que yo nunca había visto. Fue como tropezar con una habitación oculta en una casa que creía conocer.

Aunque estas conexiones aportaron una profundidad asombrosa a mi comprensión de la familia extendida, lo que de verdad quería era retroceder aún más, seguir mi línea paterna más allá del rastro documental. Eso fue lo que me llevó a FamilyTreeDNA y a su prueba de ADN-Y. No buscaba solo más primos. Quería encontrar a los hombres detrás del apellido y ver hasta qué punto podía remontarse realmente la línea Cisneros.

Un artículo inesperado, un apellido conocido

El gran avance llegó de la manera más inesperada. Estaba leyendo un artículo de The New York Times titulado To Seville With Love, escrito por una autora méxicoestadounidense, Sandra Cisneros, que resultaba compartir mi apellido. El artículo trataba sobre su viaje a España para reconectar con sus raíces ancestrales. En aquel momento, yo no tenía idea de que tuviera una conexión paterna bastante reciente con España. Pero a medida que seguía leyendo, comenzó a ocurrir algo insólito. Ella mencionaba que su bisabuelo había sido compositor, y de inmediato me di cuenta de que mi tatarabuelo Cisneros también fue compositor. Los nombres que mencionaba, los lugares que visitaba y los antepasados que describía eran también los míos.

Al terminar el artículo, contemplaba mi propia historia familiar expuesta en una publicación de alcance nacional. De algún modo, una prima que nunca supe que tenía escribía sobre nuestro pasado compartido. Y para añadir otro giro, caí en la cuenta de que los libros de esta misma escritora habían formado parte del temario de inglés de mi instituto. Mis profesores de inglés llegaban a preguntarme si éramos parientes y, como en aquel momento no tenía idea, me encogía de hombros y decía que no. Sin saberlo, había estudiado la obra de una pariente, completamente ajeno a la conexión. Aquel artículo me abrió la puerta a España y, en concreto, a Sevilla, donde pronto comenzaría a rastrear mi línea paterna aún más atrás en el tiempo. Después descubrí que su linaje había sido investigado profesionalmente para un episodio de Finding Your Roots de PBS y, como compartíamos un antepasado común, pude usar aquellos hallazgos como punto de partida. Rastreé los mismos nombres en internet, encontré registros y, poco a poco, empecé a reconstruir yo mismo la documentación. Lo que descubrí me animó a viajar a Sevilla y seguir indagando. Mis antepasados Cisneros de Sevilla resultaron ser muy influyentes, y con el tiempo supe que mi cuarto bisabuelo, Jorge de Cisneros y Durán Sotomayor, fue asesor médico del ejército español.

Sevilla y la búsqueda que me encontró a mí

De pie en Sevilla por primera vez junto a mi esposa, con el sol cálido iluminando las mismas piedras que mis antepasados pisaron, sentí una extraña mezcla de familiaridad e incredulidad. Lo que comenzó como una curiosidad serena durante el confinamiento me había llevado ahora al otro lado del océano en busca de algo más. Y Sevilla no decepcionó.

El autor y su esposa junto a un retrato de Jorge de Cisneros y Durán Sotomayor en Sevilla
Junto al retrato de Jorge de Cisneros y Durán Sotomayor, primer presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, que aún cuelga en la academia

Gracias a la investigación continua, descubrí que Jorge de Cisneros y Durán Sotomayor no solo fue asesor médico del ejército, sino también el primer presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla. Su nombre aparecía en los registros más antiguos de la institución y, para mi asombro, encontré un retrato suyo que aún colgaba en la pared de la academia. Fue uno de esos momentos en que la historia se vuelve de pronto algo personal. En el proceso, también descubrí un panteón familiar situado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, donde mi cuarto bisabuelo fue sepultado junto a varios de sus descendientes. Cuando salíamos, justo a la puerta del cementerio, mi esposa vio en el suelo una moneda de un céntimo de euro. Por curiosidad, la recogimos y más tarde investigamos sus marcas. Ese pequeño detalle, y lo que llegué a saber sobre él, se convirtió inesperadamente en una de las señales que me orientaron hacia mi siguiente destino, en el norte de España.

El autor en el panteón de la familia Cisneros en el cementerio de San Fernando, Sevilla
Escudos de armas tallados en piedra de las familias Cisneros y Mena, que muestran los dos cisnes
Izquierda: el panteón de la familia Cisneros en el Cementerio de San Fernando, Sevilla. Derecha: el escudo Cisneros tallado, donde los dos cisnes aparecen en la piedra.

Hay demasiados detalles para recogerlos aquí. La cadena de acontecimientos, los tiempos, las personas que conocí: son la clase de historias que exceden el alcance de esta entrada y que probablemente merecen un libro. Y de algún modo, a través de viejos registros, una intuición serena y unas cuantas coincidencias oportunas, me encontré en Sevilla, no solo de pie en un lugar, sino adentrándome en una historia que me había estado esperando desde siempre.

No soy una persona supersticiosa, pero Sevilla estuvo llena de coincidencias asombrosas que tanto mi esposa como yo presenciamos de primera mano. Conversaciones inesperadas, desvíos espontáneos y encuentros fortuitos me condujeron a documentos y detalles que de otro modo quizá nunca habría hallado. Uno de esos momentos fue tan impactante que terminó por inspirar un segundo viaje, esta vez a la villa de Cisneros, en Palencia, el mismísimo lugar que dio nombre a mi apellido. Se cree que el nombre de la villa deriva de la palabra española cisne, en alusión a las bandadas que en otro tiempo poblaban sus marismas y lagunas, hasta el punto de que el nombre se ha leído durante mucho tiempo como “lugar de cisnes”.

El pueblo que me mandó llamar

Resultado de ADN-Y

A estas alturas ya me había hecho la prueba Big Y-700 con FamilyTreeDNA. Mi haplogrupo terminal era E-FTF57759, lo que apuntaba a posibles raíces judías en España. Confirmó mi conexión con mi tatarabuelo, Jorge Enrique Cisneros, a través de un primo tercero que comparte ese mismo descendiente, lo que probaba mi vínculo genético con la Ciudad de México, donde Jorge Enrique nació en 1860. Aun así, necesitaba confirmar mi conexión patrilineal Cisneros con la propia España.

Esas ganas de saber más me impulsaron a hacer otro viaje a España, esta vez llevando conmigo un kit de FTDNA. Me alojé en Madrid y Toledo, pero el penúltimo día decidí que necesitaba hacer una excursión de un día a Cisneros, Palencia. Sin plan alguno, alquilé un coche y decidí conducir las tres horas hacia el norte, hasta la villa de Cisneros, en Palencia.

Una carretera entre la niebla acercándose a la villa de Cisneros, Palencia, con árboles cubiertos de blanco
La última hora del trayecto: la visibilidad bajó hasta que la carretera parecía un paso hacia otro mundo

La última hora del trayecto transcurrió entre una niebla densa. La visibilidad cayó tanto que sentí como si hubiera cruzado a algo irreal, como si hubiera entrado en un mundo de espíritus. Los árboles y los campos estaban cubiertos de blanco, lo que acentuaba aquel silencio sobrenatural. Cuando llegué, la niebla se disipó. La villa apareció como sacada de un cuento de hadas. Y al entrar, un lugareño me recibió con calidez, casi como si me hubieran estado esperando.

Una estatua de dos cisnes enfrentados ante la torre de la iglesia en Cisneros, Palencia
Dos cisnes, enfrentados, en el corazón de Cisneros, la misma imagen que aparece en el escudo municipal de la villa

Recorrí las calles estrechas, hablé con los vecinos y, finalmente, conocí al alcalde. Mi objetivo era sencillo: encontrar en Cisneros a alguien que llevara el apellido. Lo que hallé fue mucho más que eso. Me presentaron a un hombre cuya familia había vivido en la villa durante generaciones. Tenía noventa y tres años, y él y su familia me acogieron mientras yo les explicaba el motivo de mi visita. Les hablé de mi investigación, de mi papel como coadministrador del proyecto del apellido Cisneros en FTDNA y de mi esperanza de recoger una muestra de ADN-Y de alguien cuyas raíces hubieran permanecido en la villa durante siglos. Para mi asombro, él y su familia estaban igual de interesados. Aceptó hacerse la prueba.

El autor junto a un hombre de 93 años de Cisneros que resultó ser su coincidencia de ADN-Y
Con el hombre de noventa y tres años de Cisneros cuya familia ha vivido en la villa durante generaciones, y que aceptó hacerse la prueba de ADN-Y

¡Por primera vez en mis viajes, no podía esperar a volver a casa!

Semanas después llegaron los resultados. Abrí el correo y ahí estaba. Él era una de mis coincidencias. Nuestro ADN-Y compartido apuntaba a un antepasado varón común que probablemente vivió hace unos quinientos años. Ningún documento, ninguna foto, ningún archivo me había dado esto. Esto era otra cosa. Era una evidencia escrita en nuestra sangre.

Confirmó que mi línea no había adoptado sin más el apellido Cisneros. Provenía del lugar donde nació el nombre.

El descubrimiento fue sereno pero poderoso. Una conexión que antes parecía abstracta era ahora algo vivo, que respiraba, real. Había buscado a través del tiempo, de los linajes y de lugares olvidados, y al final me hallaba en la mismísima villa que, sin saberlo, me había embarcado en este viaje.

El hilo recuerda

Lo que empezó como una curiosidad serena durante el confinamiento se convirtió en una búsqueda que transformó la manera en que veo mi propia historia. Comencé construyendo un sencillo árbol genealógico, sin saber que un día me llevaría a través de siglos, de océanos, hasta una villa olvidada que casualmente compartía mi nombre.

Como alguien con formación en biología, siempre he creído en la evidencia, en aquello que se puede observar y comprobar. Pero este viaje me recordó que no todos los descubrimientos vienen con instrucciones claras ni con resultados previsibles. Algunos llegan despacio, mediante la perseverancia, la suerte y la disposición a seguir tu instinto.

Puede que la mayoría de mis antepasados Cisneros no dejaran muchas palabras escritas, pero transmitieron algo aún más perdurable: un cromosoma Y que ha permanecido casi inalterado de padre a hijo durante siglos. Esa hebra de ADN llevó su historia hacia adelante, cruzando en silencio las generaciones hasta encontrar el camino hacia mí. Cuando por fin coincidió con la de otro hombre de la villa de Cisneros, hizo algo más que confirmar una conexión. Reveló que mi identidad siempre había estado ligada a aquel lugar lejano, esperando a ser reconocida. Aquel descubrimiento no fue solo genético. Fue un reencuentro sereno con algo ancestral, algo perdurable, algo que en realidad nunca se había perdido.

¿Se remonta tu línea hasta Cisneros?

Si llevas el apellido Cisneros, la prueba de ADN-Y puede revelar dónde encaja realmente tu línea paterna, y con quién estás emparentado a través de siglos y continentes.

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